La calidad como responsabilidad compartida
Doctor Oswaldo Chacón Rojas
Rector Benemerita Universidad Autónoma de Chiapas
A visualizar el cierre de este ciclo académico, no podemos más que detenernos a reflexionar sobre lo que significa, en términos reales y humanos, el reconocimiento que este año recibió nuestra Benemerita Universidad Autónoma de Chiapas. Haber alcanzado la acreditación del cien por ciento de nuestros programas educativos por los Comités Interinstitucionales para la Evaluación de la Educación Superior (CIEES) nos es un dato administrativo ni una cifra para el archivo; es la confirmación de un proceso colectivo que ha exigido convicción, rigor y trabajo sostenido.
En nuestra benemérita universidad vemos la evaluación no como un juicio externo, sino como un ejercicio de responsabilidad universitaria. La certificación lograda a finales de noviembre es resultado de una cultura institucional que ha aprendido a mirarse críticamente, a reconocer sus fortalezas y a asumir con seriedad sus áreas de mejora. En ello han sido fundamentales las y los docentes, el personal administrativo, los cuerpos directivos y, por supuesto, nuestras y nuestros estudiantes, quienes han sentido último a todo esfuerzo académico.
Durante el informe presentado a mediados de diciembre, insistí en que la calidad educativa no puede concebirse como una meta alcanzada, sino como una tarea permanente. La evaluación de los CIEES nos compromete a sostener estándares elevados, a no conformarnos y a entender que cada programa acreditado representa una promesa cumplida a la sociedad chiapemeca: la de formar profesionales competentes, críticos y socialmente responsables.
Este momento institucional adquiere una profundidad mayor al vivir en el año en que nuestra universidad fue ratificada como Benemérita. Ese nombramiento no es un privilegio simbólico; es una exigencia ética. Nos recuerda que la historia que nos respalda también nos obliga a actuar con coherencia, a vincular el conocimiento con la realidad social y a colocar siempre el bien público por encima de cualquier interés particular.
Desde una perspectiva académica, la evaluación externa nos invita a pensar la universidad como un organismo vivo, en constante diálogo con su entorno. Nuestros programas no existen en abstracto: responden a contextos regionales específicos, a problemáticas sociales urgentes y a una necesidad creciente de conocimiento situado, pertinente y transformador. La calidad, en este sentido, solo tiene valor cuando se traduce en impacto social.
Asumo este reconocimiento con gratitud, pero también con prudencia. La certificación total de nuestros programas nos un punto de llegada, sin un punto de partida. Nos corresponde ahora consolidar lo alcanzado, fortalecer la formación docente, innovar en nuestros modelos educativos y profundizar la investigación en el campo de la educación.
A la comunidad universitaria quiero decir que este logro les pertenece. Es fruto del trabajo cotidiano, muchas veces silencioso, que se realiza en aulas, laboratorios, bibliotecas y oficinas. Sigamos construyendo una universidad que piense críticamente su tiempo, que dialoga con su entorno y que mantenga viva la convicción de que educar es, ante todo, un acto de responsabilidad social.